OCTUBRE DE 2012
Señor Embajador del Estado de Israel Dori Goren,
Señor Presidente de la Organización Sionista del Uruguay Samy Mylsztejn,
Señor Director para América Latina de la Organización Sionista Mundial Lázaro Slepoy (quien ha venido especialmente para esta ocasión, lo que mucho le agradezco),
Señor Presidente de Honor de la Organización Sionista del Uruguay Bernardo Olesker,
Señores Senadores y Diputados,
Señor Ministro de Educación y Cultura,
Señores Presidentes de la Suprema Corte de Justicia y del Tribunal de Cuentas de la República, y Ministros de dichos Cuerpos,
Señores Intendentes y representantes de los Gobiernos Departamentales,
Señores Presidentes y ex Presidentes de Partidos Políticos de Uruguay,
Señores Representantes Diplomáticos,
Señor Presidente del Comité Central Israelita del Uruguay Roberto Cyjon y autoridades del Comité Central,
Autoridades de OSU,
Autoridades de la Organización Sionista Mundial,
Autoridades de otras organizaciones de la comunidad judía en el Uruguay
Señores galardonados con el Premio Jerusalem,
Queridos amigas, amigos y familiares que me acompañan esta noche,
Y un saludo muy, muy especial para la Sra. Susana Sienra de Ferreira Aldunate,
Recibir este prestigiosísimo Premio –que lleva el nombre de una de las más bellas creaciones de la humanidad- es, para mí, mucho más que un acto formal. Deben saber la Alcaldía de Jerusalem, la OSU y la OSM, que lo asumo como un compromiso. Y que si hasta el presente he defendido los derechos del pueblo judío y apoyado al Estado de Israel, esta distinción que hoy recibo me fortalece para hacerlo aun con mayor firmeza y decisión. De ello, pueden estar seguros.
Voy a dedicar la primera parte de mis palabras a relatar algunas de mis experiencias con Israel, y las conclusiones que extraigo de las mismas. Para luego finalizar con algunas opiniones personales sobre la situación actual en Israel y el Medio Oriente.
Como todos los que estamos aquí, desde muy pequeño tuve amigos, compañeros de clase y vecinos que eran de origen judío. Como los tenía de origen español, francés, italiano, suizo, inglés o armenio, y vaya a saber de cuantas otras nacionalidades. Ese es uno de los privilegios de vivir en este país: convivir con la formidable riqueza de la multiculturalidad.
Pero no tardé tampoco demasiado tiempo en comprender –Guerra de los Seis Días mediante (entonces yo tenía 14 años)- una diferencia fundamental: la mayoría de nuestros ancestros (padres, abuelos, bisabuelos) provenían de países plenamente consolidados y reconocidos en el concierto de las naciones. Nuestros amigos judíos, en cambio, pertenecían a una nación a la que muchos le negaban su mero derecho a existir. Y lo que es más grave: numerosos y trágicos episodios -a través de la historia y también en tiempos recientes- daban cuenta que esto no era un simple enunciado retórico. Ha habido y hay –reitero: hay hoy día, aunque como integrantes de la raza humana nos avergüence reconocerlo- numerosas personas que han procurado y procuran, por todos los medios a su alcance, la desaparición del pueblo judío y del Estado de Israel. Esa es la realidad y no debe ser ignorada. Ya volveré sobre ello.
Así las cosas, en el año 1993 tuve la oportunidad de visitar Israel por vez primera, a instancias del entonces Presidente Luis Alberto Lacalle. Yo había asumido la Presidencia del LATU y nos encontrábamos procurando definir un modelo de institución tecnológica para los albores del siglo XXI. Los avances de Israel en la materia no nos habían pasado desapercibidos. Visité el formidable Instituto Weizmann en Rehovot y el Technion en Haifa. Este último, por su carácter de institución tecnológica estrechamente relacionada con el sector productivo nos resultó por demás útil. Fue así que, sobre finales de 1991, tomando en cuenta diversas experiencias, definimos un modelo de empresa de tecnología que –con los lógicos ajustes y variantes- aplicamos durante los siguientes 12 años, lo que nos permitió transformar el LATU en una organización de clase mundial. En ese tiempo, siempre expresé –en infinidad de conferencias y escritos- que había tres fuentes de inspiración para ese proceso de cambio, y que una de ellas había sido el Technion de Israel. De allí surgieron, además de numerosos ejemplos de buenas prácticas tecnológicas, iniciativas concretas como la creación de la primera incubadora de empresas tecnológicas en el Uruguay, llamada Ingenio, la cual ha continuado en actividad, con buen suceso, hasta el presente.
También en dicho viaje viví una experiencia singular, que quiero compartir con ustedes: durante varios días permanecí como una suerte de protegé de un formidable emprendedor, llamado Stef Wertheimer, quien felizmente vive todavía. Combatiente en la segunda guerra mundial, exitoso empresario, político ocasional, amante del arte y -sobre todo- un hombre con una extraordinaria fe en el conocimiento como transformador de la sociedad, Wertheimer estaba por entonces empeñado en desarrollar una red de Parques Tecnológicos en Israel, entre los cuales el buque insignia era el parque de Tefen, en Galilea. Durante cuatro días recorrimos aquellos parques poblados de iniciativas, recibimos delegaciones de países extranjeros (y lo conjugo en primera persona del plural, porque Stef me invitaba a recibir a su lado delegaciones chinas, coreanas y de otros países, como si fuera su más cercano colaborador), para terminar recorriendo una franja ubicada entre el norte de Israel y el Líbano, por entonces algo así como una «tierra de nadie», completamente despoblada, donde él soñaba con construir nuevos parques en conjunto con el país vecino, los dos solos en un coche con el techo descubierto y escuchando las canciones de Naomí Shemer a todo volumen. Esa personalidad exuberante, plena de ideas para el desarrollo de un país y con la audacia para llevarlas adelante, me impresionó fuertemente. También me enamoré para siempre de las canciones de Naomí Sherer (Ha’ilan Hazaken, por ejemplo), aunque confieso que habiendo madurado un poco más, no sé si volvería a circular en un descapotable por aquellas tierras de nadie…
Ahora bien: ese extraordinario desarrollo técnico de Israel, que pude apreciar en forma muy directa, no era fruto de la casualidad. Desde los tiempos fundacionales el Estado de Israel había ostentado una verdadera Política de Estado en la materia. Baste recordar que su primer Presidente, Jaim Weizmann, fue un químico sumamente destacado en Inglaterra, al igual que el Presidente Efraim Katzir fue un biofísico proveniente de Harvard. A lo que habría que agregar el ofrecimiento realizado a Albert Einstein, luego de la muerte de Weizmann, para ocupar la Presidencia. Einstein, uno de los más grandes seres humanos que nos ha dado el siglo XX, finalmente no aceptó, porque ello lo hubiera alejado completamente de su tarea científica. Pero vale la pena recordar su respuesta: estoy profundamente conmovido por el ofrecimiento del Estado de Israel, y a la vez apenado y avergonzado por no poder aceptarlo. (…) Soy el más afligido por estas circunstancias, porque mi relación con el pueblo judío se ha convertido en mi vínculo humano más fuerte, desde que tomé plena conciencia de nuestra precaria situación entre las naciones del mundo.
Hoy día –y desde hace muchos años- Israel dedica más del 4% de su PBI a inversión en ciencia y tecnología, uno de los porcentajes más altos del mundo, una cifra del orden de cerca de 10 veces el promedio de lo que se invierte en América Latina. Por lo tanto, aquí no hay milagros: lo que hay son decisiones sabias. Los recursos son escasos en todos lados, y ni hablemos del Israel de los tiempos fundacionales. Era necesario hacer opciones. La decisión en ese entonces fue: si dedicamos recursos importantes a la ciencia y la tecnología, nuestra producción será cada día mayor y más valiosa. Y dispondremos de importantes recursos para dedicar a otras áreas, en particular a aquellas de interés social. Esa fue la decisión de Israel, y no la opuesta. Y desde hace ya muchos años, felizmente, están cosechando los resultados. En definitiva: el desarrollo de Israel es la prueba irrefutable de la verdad de aquella afirmación que realizara, hace años, un ingeniero uruguayo, Máximo Halty Carrere: en los tiempos modernos, los sueños políticos son solo posibles mediante la ciencia y la tecnología. También en esos tiempos tuve la posibilidad de llevar adelante varios trabajos en el área de mi especialidad –la ingeniería y el arte de los puentes, en la que tanto debo a mi admiradísimo Maestro el Ing. Alberto Ponce Delgado, una de las cumbres de la ingeniería del siglo XX, no solo a nivel nacional, sino también mundial, aquí presente-. Tal vez pocos sepan que cerca de una decena de puentes por los que habitualmente transitan –en rutas 3 y 8, por ejemplo-, fueron diseñados por un estudio de Tel Aviv, en sociedad con quien les habla. Así consta en las placas emplazadas en las cabeceras de los mismos. Para ganar tiempo y llegar en fecha a los llamados a licitación, nosotros solíamos trabajar hasta cerca de medianoche y luego enviábamos todos los planos, hasta donde habíamos logrado avanzar, por internet a Tel Aviv. Como con Israel había seis horas de diferencia en más, un par de horas después ellos estaban llegando al estudio y continuaban el trabajo, mientras nosotros dormíamos. Al finalizar su horario de trabajo hacían lo mismo, con lo que lográbamos mantener el proyecto en marcha durante casi 24 horas. Fue una experiencia muy interesante. Lo que sí debo decir, es que nunca logramos superar ciertas dificultades con el nomenclator: el arroyo Marmarajá, por más que lo explicamos diez veces, nunca dejó de ser «el Marmarasha»…
Tuve luego ocasión de visitar Israel en otras oportunidades, de disfrutar tanto de su inigualable riqueza histórica como de sus impresionantes logros contemporáneos. Pude participar de eventos en apoyo al pueblo y al Estado de Israel. Y me emocioné escuchando Avinu Malkenu, al caer la tarde, en un café de la inolvidable Jerusalem, cuando el sol tiñe de dorado sus piedras milenarias y se transforma en una ciudad color de miel.
Y tuve la inmensa dicha de estar nuevamente, apenas dos semanas atrás, en los días del Sucot. Todavía tengo en mi frente el sol de Jerusalem, y en mi corazón las horas compartidas con entrañables amigos al abrigo protector de una sucá, luego de recorrer los túneles y catacumbas que nos habían conducido casi hasta las mismas fundaciones del Muro de los Lamentos.
Todo ello me ha permitido hacer mías las palabras de quien fuera mi Maestro en la vida pública, Wilson Ferreira Aldunate (tenemos el honor de que hoy nos acompañe su esposa, la tan querida Susana Sienra de Ferreira Aldunate), quien en un impresionante discurso al regresar de Israel, titulado «El Israel que yo vi», dijo –entre muchas cosas bien dichas-:
No es concebible que en el concierto de las naciones haya quienes cierren los ojos a la realidad y digan ‘no quiero que exista Israel’.
Israel está. Y a ayudarlo a que defienda su derecho a vivir en paz están comprometidos todos los países del mundo, pero sobre todo están comprometidos los pequeños países, como el nuestro, que no tienen otra posibilidad de salvaguardar su sobrevivencia sino bajo el amparo de las normas del derecho.
Por ello, permítanme dedicar el tramo final de estas palabras a hablar del futuro, de lo que yo entiendo es nuestro deber de cara a los tiempos por venir.
En primer lugar, Uruguay debe mantener su firme tradición de compromiso con Israel y con la paz en el Medio Oriente. Compromiso que hunde sus raíces en la historia, y que reconoce episodios trascendentes: el apoyo decidido de Uruguay a la Declaración Balfour de 1917; la creación del Comité Uruguayo Pro Palestina en 1944, presidido por Augusto Turenne, Celedonio Nin y Silva, Álvaro Vázquez y Carlos Sabat Ercasty; el decisivo rol de Uruguay en el nacimiento del moderno Estado de Israel, como integrante del Comité Especial de la Naciones Unidas -integrado por once países-, representado por Rodríguez Fabregat, Secco Ellauri y Edmundo Sisto, que analizó el tema y propuso la partición del territorio y la creación de dos estados, propuesta finalmente aprobada en la histórica votación del 29 de noviembre de 1947; pocos meses después Uruguay fue el primer país sudamericano que reconoció el gobierno provisional de David Ben Gurion; al mes siguiente, Israel consagró en Uruguay su primer representación diplomática en América Latina y la cuarta en el mundo entero; en los años subsiguientes Uruguay participó en diversas acciones en procura de la paz en el Medio Oriente, debiéndose destacar el apoyo a los acuerdos de Camp David (con el mantenimiento de tropas en el Sinaí durante más de 30 años). Durante todo este largo camino, las relaciones han sido fraternales entre ambos pueblos, así como las políticas de inmigración y emigración han sido abiertas entre ambos países. Hemos construido numerosas instituciones comunes, algunas de las cuales tienen más años de existencia que el propio Estado de Israel, como el Instituto de Cultura Uruguay-Israel, cuyos dos primeros Presidentes fueron ni más ni menos que Secco Ellauri y Sabat Ercasty, hoy presidido por mi querido amigo Juan Raúl Ferreira, instituto que tuviera a mi vez el honor de presidir durante seis años (con el invalorable apoyo de un excelente equipo, entre quienes no puedo dejar de nombrar a Isaac Gliksberg).
Hay, por tanto, mucho camino recorrido, muchas decisiones trascendentes adoptadas en tiempos difíciles –que nos ganaron un amplio reconocimiento internacional-, para que ahora olvidemos todo lo que han sido capaces de construir juntos nuestros pueblos. Ello no debe acontecer. Mejor dicho: ello no habrá de acontecer. Tengan la seguridad de que así será.
En segundo lugar: a mi juicio, Uruguay debe condenar sin atenuantes cualquier manifestación tendiente a negar o relativizar el Holocausto, probablemente el hecho más terrible en la historia de la humanidad. Así como tampoco se deben tolerar en silencio las expresiones explícitas de no reconocimiento del Estado de Israel y, más aun, aquellas que afirman la voluntad de eliminarlo de la faz de la tierra. Las reiteradas declaraciones del actual gobierno de Irán –reitero y subrayo: el actual gobierno de Irán-, en uno y otro sentido –gobierno que asimismo se ha embarcado en una alarmante carrera nuclear-, no se pueden dejar pasar en silencio.
No deben quedar dudas: ni a quienes como nosotros reconocen la existencia del Estado de Israel y recuerdan la Shoá con horror -que son la inmensa mayoría de las naciones del planeta-, ni a quienes piensan distinto, y que quizá puedan creer por nuestros silencios que estamos dispuestos a vender nuestras convicciones por la compra de un puñado de arroz o por la donación de algún barril de petróleo.
La distancia geográfica o la lejanía cultural no deben servir de excusa, porque en el pasado no lo fueron para que nuestro país jugara un constructivo papel en esa región, en favor de la paz y del respeto de los derechos de todos los pueblos que la habitan.
En tiempos difíciles Martin Luther King recordaba que lo que afecte a uno de modo directo, afecta a todos indirectamente.
Y luego concluía con una sentencia impresionante, que no quisiera yo que llegara a ser verdad para nosotros: tendremos que arrepentirnos en esta generación, no tanto de las malas acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena.
En tercer lugar: transcurrirán pocos o muchos años, pero tarde o temprano Jerusalem será reconocida como la capital indivisible del Estado de Israel.
Bien haría Uruguay, en forma respetuosa y sin estridencias, en ir reconociendo esa realidad y actuando en consecuencia. No hay en este hecho nada de particular: Israel es la única nación que ha tenido su capital política y religiosa en esta ciudad, y que desde las épocas del Rey David, hace más de 3000 años, ha procurado que así sea en forma definitiva. Por otra parte, hay numerosas ciudades en el mundo que albergan lugares sagrados para una determinada fe, y que forman parte de un país en que se profesa mayoritariamente otra religión. Poca confianza demostraríamos en la marcha de la humanidad si consideráramos que, en este caso y en todos aquellos similares, la solución debiera pasar por fragmentar cada una de aquellas ciudades o territorios. Sin ir más lejos, los cristianos deberíamos también reclamar una parte de Jerusalem -allí se encuentra ni más ni menos que el Santo Sepulcro, entre otros sacros lugares-, y así también varias otras religiones. Este no puede ser el camino a transitar. Lo será, en cambio, el de la tolerancia de las creencias que cada uno profesa, y la visita pacífica y en armonía a los lugares sagrados de cada uno, se encuentren donde se encuentren. Estamos seguros que Israel, como estado plenamente democrático que es, brindará a todos las libertades y garantías necesarias para que puedan visitar sus sitios sagrados.
Cuarto y último: quienes hemos tenido el alto honor de recibir el Premio Jerusalem, también contraemos un compromiso de solidaridad, que cada quien honrará según los dictados de su conciencia. Mas, a mi modo de ver, deberíamos construir una red, en primer lugar nacional, y luego de alcance internacional, incluyendo a quienes han recibido igual distinción en otros países, para estar alerta a los sucesos por venir y poder incidir, mediante nuestras opiniones, en las respectivas sociedades que integramos. Esta idea, que hago mía, en realidad pertenece a Juan Raúl Ferreira y a Julio Jauregui, quienes tengo el honor que hoy me acompañen. Estoy seguro que los demás Premios Jerusalem aquí presentes, como el Senador Sergio Abreu, comparten esta iniciativa.
Queridos amigas y amigos:
Albert Camus, un hombre de la libertad, héroe de la Resistencia Francesa contra el nazismo, dijo una vez: si la lucha es difícil, las razones para luchar siempre son claras. Es lo que yo siento esta noche.
Y también debo decir que esta noche escucho la voz de Barbara Streisand cantando Avinu Malkenu, como en un rezo, hermanada con la de Naomí Shemer entonando Yerushalaim Shel Zahav, y las de los cientos de sobrevivientes del Holocausto que eligieron Uruguay para rehacer sus vidas, ayudándonos a hacer de este un país mejor, y veo la paleta de Zoma Baitler de la cual emerge, en tonos dorados y azules, la eterna Jerusalem, mientras oigo la voz de Enrique Rodríguez Fabregat, enronquecida en la añeja grabación radiofónica, votando en las Naciones Unidas, casi como un juramento, que es a la vez un grito contenido durante tres mil años: ¡afirmativo!, y escucho a Wilson recordando el viejo salmo: «Que haya paz en ti, Jerusalem».
Escucho hoy estas voces, hermanadas, y son muchas, muchísimas.
Esas voces nos renuevan la fe en que al final del día los derechos del pueblo judío terminarán por ser respetados, en paz y en el marco del reconocimiento de los derechos de otros pueblos. Más temprano que tarde, veremos la luz al final del camino.
Porque tenemos perseverancia, tenemos paciencia y tenemos fe.
Y cuando ese amanecer llegue diremos, simplemente: hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Muchas gracias.
Discurso Ing. Ruperto Long – Premio Jerusalem 2012
25/Oct/2012
Organización Sionista del Uruguay (OSU)